¿Qué es la vida?

En los primeros días de febrero de este año, ha visto la luz un polémico trabajo de dos filósofos e investigadores postdoctorales italianos, Francesca Minerva y Alberto Giublini, titulado After-birth abortion: why should the baby live?, en el que, de manera más o menos explícita, se pone en evidencia la incoherente actitud de la sociedad actual ante las personas no productivas, en general, y ante los abortos de niños con anomalías, en particular, y donde se propone, aun implícitamente, un debate sobre la vida y la muerte, sobre los presupuestos de nuestro sistema moral y jurídico -más allá de las posibles utilidades que, en un momento dado, pueda tener contravenirlos-, y sobre el derecho inalienable de todo ser humano a vivir con un mínimo de dignidad.

Las paradojas aparecen con la estratificación del nivel de protección de la vida -en función de diversos criterios-, durante todo el período anterior al parto, y la ausencia de la correspondiente estratificación -en función de los mismos criterios-, una vez se ha producido el nacimiento. Pero lo mismo puede decirse de la parte final de la vida de un ser humano adulto, en los supuestos de que la muerte no devenga inesperada, accidental o sorpresiva: en los casos de enfermedades congénitas, o adquiridas, más o menos degenerativas, muchas veces acompañadas de demencias, incontinencias o minusvalías, la degradación de la vida no supone, paradójicamente, ninguna variación en el nivel de protección, cuando pueden darse (y se dan) las mismas circunstancias que sirvieron de fundamento para la estratificación del nivel de protección en el periodo pre-natal.

No cabe duda de que la capacidad actual de la ciencia médica de mantener vivo casi a cualquier organismo debe tener un límite, de forma que podamos dejar morir a la gente cuando corresponda. También es evidente que si el hombre va a pasar a hacer algo diferente a intentar mantener la vida siempre y a toda costa, empezamos a tener una responsabilidad nueva. E incluso parece razonable que pensemos en aplicar esa responsabilidad aun cuando los interesados no se mueran solos, pero sea seguro que vayan a llevar una vida de sufrimiento que no merezca la pena ser vivida. Pero, ¡qué peligroso concepto este de “vida de sufrimiento que no merece la pena ser vivida”!

Pienso que no deben asustar las consecuencias del debate. Podríamos llegar -y sé que suena sobrecogedor- a la conclusión de que, dado que la medicina pronto podrá curar casi cualquier enfermedad o anomalía y producirá individuos sanos con respecto a un estándar, en los pocos casos o en los pocos años de nuestra vida en los que eso no sea posible, exterminemos a los defectuosos. Pero lleguemos a esa conclusión o a otra tras un debate, no como consecuencia de un sistema moral o jurídico carente de valores, donde los criterios son la conveniencia personal por un lado y la lástima por otro, todo ello aderezado de superficiales impulsos políticos o religiosos… Impulsos políticos o religiosos que, por lo demás, pueden predicarse también respecto de todos los extremos: si el aborto resulta admisible en algún momento por respeto al interés de la madre, no hay motivo para no extender ese momento incluso hasta después del nacimiento… o referirlo no sólo a los hijos, sino también a los abuelos, o los bisabuelos, que incontinentes, dementes o incapaces, pueden lastrar también la vida de un sujeto adulto, sano y prometedor.

Y aún más: cuando pueda desarrollarse un óvulo fecundado en un útero artificial, no necesariamente humano ¿cuáles serán entonces los criterios para -y los sujetos encargados de- decidir la conveniencia o no un definitivo nacimiento?

Humildemente, creo que solo cabe una solución: definir qué consideramos vida humana portadora de derechos y dignidad, y después ser consecuentes con esa definición.

Hemos de partir de la base de que el respeto a la vida humana es un axioma de nuestro sistema moral y legal (muchas personas, incluyendo legisladores y jueces, ignoran este hecho, pero asumamos que partimos de él). La evolución de la biología y la medicina nos ha llevado a un problema que no teníamos hace años: en ciertos casos, el hombre es capaz de tomar control sobre el principio y el fin de la vida. La posibilidad de realizar fecundación in vitro ha puesto en cuestión que la unión de óvulo y espermatozoide constituya el origen de un nuevo ser humano. De la misma forma, la posibilidad de mantener a una persona con el corazón en marcha durante un tiempo virtualmente ilimitado nos llevó hace ya tiempo a considerar que alguien moría, no cuando se le paraba este órgano, sino cuando cesaba la actividad cerebral. Dado este control sobre el inicio y el fin, ¿cómo definir e identificar los momentos de nacimiento y muerte?

Y los problemas no han hecho nada más que comenzar. Porque si ahora tenemos dudas sobre los extremos de la vida humana, pronto las tendremos sobre los límites “laterales”. Cuando alguien cruce genéticamente -de forma pública, me refiero- un ser humano con un simio, ¿le reconoceremos al nuevo ser los derechos de un hombre? ¿Qué porcentaje de genes humanos deberá tener para que lo hagamos? Y un clon creado como repositorio de órganos de un individuo existente, ¿tiene derechos humanos también? Hasta ahora decíamos que hay un nuevo ser cuando se crea una nuevo ADN, único e irrepetible. El clon, cuyo material genético es copia exacta de otro individuo, ¿es un ser humano diferente? En caso afirmativo, ¿qué ocurre si utilizamos un simio para alojar en su interior órganos humanos clonados? ¿Y si entre estos órganos estuviera el cerebro?

Urge, por tanto, una redefinición de ser humano y de vida humana, aun asumiendo que los límites, como siempre, serán imprecisos. La intuición y la legislación sobre reproducción asistida parecen ir en la dirección de asociar la condición de hombre a su sistema neurológico, que es el que nos permite pensar. Buscando una definición menos biológica y más filosófica, podríamos decir que humano es el ser que tiene o que podrá tener conciencia de sí mismo y es -o podría ser- capaz de comunicárnoslo de alguna manera inequívoca. Pero esto sólo es un ejemplo, o más bien una prueba, de definición sencilla que nos puede ayudar a resolver nuestros problemas, pero no exactamente una conclusión.

Apliquemos esto al caso de una persona en coma irreversible. Entiendo que, durante el coma, un paciente no siente nada, no se entera de nada y no tiene conciencia de sí mismo. Si la situación es irreversible -dentro de una definición de irreversibilidad que excluya los milagros-, nunca recuperará tal conciencia y, por tanto, no podríamos hablar de vida humana, ni actual ni potencial. Desde este punto de vista, parece razonable no seguir manteniendo el cuerpo vivo, pero se podría argumentar que, precisamente porque no hay sufrimiento ni percepción del paso del tiempo por parte del paciente, no importa mantener el cuerpo con vida por si el azar o la medicina consiguen resucitar algún día la conciencia… Es posible entonces que no nos quede más remedio que, ayudándonos de nuestros conocimientos médicos y de la estadística de casos pasados, acudir a un sistema de plazos, sistema que parece estar resultando útil también en el otro extremo de la vida.

Me temo, no obstante, que esta definición de ser humano -el que tiene o puede tener conciencia de sí mismo- nos ayude menos en ese otro extremo. Si en algunas legislaciones se considera aceptable la manipulación de embriones hasta el momento en el que aparecen células nerviosas, podríamos considerar este límite acorde con nuestra definición porque la conciencia requiere la existencia de un cerebro operativo y el cerebro está formado por neuronas. Pero este razonamiento parece algo inconsistente, ya que si las primeras células nerviosas son el origen necesario para desarrollar un cerebro, también lo es el óvulo fecundado para desarrollar las primeras neuronas, e incluso podríamos remontarnos a los gametos previos a la fecundación. ¿Pueden los plazos ayudarnos de nuevo aquí, aportando una solución imperfecta pero de compromiso?

En fin, pocas respuestas y sí muchas preguntas. Pero intuyo que, aceptado el principio de que la vida humana debe ser intocable y enfrentados a la necesidad de encontrar una definición de vida humana que nos permita decidir claramente cuándo ésta aparece, o cuándo ésta se termina de forma natural (si es que el término natural tiene algún significado real aquí), el problema empezará a encauzarse razonablemente… aunque esto nos lleve a la eterna pregunta de si la razón guía los actos del hombre o sólo sirve para justificarlos.

Pero ésa sí que es ya otra historia.

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