No usarás indecentemente el ordenador

Ahora que hace justo un año teníamos conocimiento de la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, declarando la improcedencia del despido de un trabajador que puso en peligro el sistema informático de la compañía cuando visitaba páginas de contenido pornográfico desde el portátil de su empresa, se me ocurren algunas reflexiones en relación a las contradicciones legales y sociales que se ponen de manifiesto en la regulación de la materia:

– Que determinados vicios -entendiendo por tales los hábitos contrarios a la salud, la moral y las buenas costumbres, según algún criterio- sean perfectamente admitidos en el entorno laboral, mientras que la práctica de otros se considere una monstruosa falta. Y además, que la categorización de un vicio dentro de uno u otro grupo cambie con facilidad a lo largo del tiempo. ¿Por qué se puede tomar café y no alcohol en el trabajo? O, mejor dicho, ¿cuándo dejó de haber botellas de licor en el despacho de los directivos? Si uno se sale a fumar periódicamente a la calle (habiendo cambiado este hábito de grupo en los últimos años), ¿estaría bien visto que saliera cada tres horas a mantener relaciones sexuales, evitando así el impulso de visualizar material pornográfico en su pantalla?

– Que la legislación relativa a los malos usos de la tecnología pretende con frecuencia proteger sistemas muy endebles con castigos muy severos. Por ejemplo, la violación de la correspondencia electrónica no presenta ninguna dificultad técnica y está al alcance de cualquier administrador de los sistemas por los que pasa el correo, sin que quede de ello huella alguna. Evitar tal violación sería técnicamente muy sencillo, ya que las técnicas de cifrado están universalmente difundidas y se encuentran a nuestro alcance en los equipos y programas informáticos que usamos de forma cotidiana. Sin embargo, se opta por no usarlos y buscar la protección en la normativa. Algo así como si permitiéramos a los ciudadanos salir armados a la calle pero penáramos severamente el uso de las armas. Esto supone una ventaja para los delincuentes profesionales, que no encontrarán en la ley un motivo suficiente para dejar de cometer, con impunidad, delitos muy sencillos de ejecutar.

– Que, localizado un problema de seguridad, se pretenda atacar éste con medidas vicariantes; es decir, sustitutivas de las realmente eficaces. Si, pese a la legislación, el correo electrónico nos resulta poco seguro, añadimos a todos los mensajes coletillas en varios idiomas avisando de la confidencialidad del mismo. Si los trabajadores hacen un mal uso de Internet, extendemos su contrato para convertir tal mal uso en falta laboral. Y si los sistemas informáticos de las empresas no pueden superar las auditorías de seguridad, exigimos a todos los trabajadores que los usan la firma de una declaración colectiva, de ésas que jamás se leen, en la que afirman que comprenden su responsabilidad sobre tan endebles medios.

En suma, que como consecuencia de un más que cuestionable sistema de control (jurídico-penal, social, laboral), el empleado que utilizaba el ordenador corporativo para ver fotos pornográficas no sólo es un indecente, sino que se libró por los pelos de un casi seguro despido, pudo haber incurrido con cierta facilidad en la comisión de terribles delitos… y debería haberse planteado seriamente matar el tiempo libre pasándose al café (cuyo derramamiento sobre los teclados, por lo demás, causa probablemente más accidentes en los equipos ofimáticos que la propia infección de éstos por virus informáticos).

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