Los otros

Conmoción en Sudáfrica por un vídeo en el que un grupo de jóvenes viola a una menor

Para sentirnos satisfechos, para estar seguros de que se ha hecho justicia, no hay nada como echar la culpa al prójimo de los males propios -y ajenos- que nos acechan y nos mortifican. Una idea infantil de lo que es la culpabilidad -de lo que significa ser responsable-, que parte de un ser humano absolutamente libre en sus decisiones e impermeable ante los diversos sistemas de control y motivación que tratan de afectarle (endógenos y exógenos), nos evita los males de conciencia, y los remordimientos, por haber sido partícipes, directos o indirectos, en los comportamientos antisociales de los demás.

Si a eso le unimos la visión cuasi mágica de un hombre pacífico y bueno, acechado en su paraíso diario por los comportamientos violentos de los hombres malos (esos que, más tarde o más temprano, formarán el núcleo duro de nuestras prisiones), ya tenemos la excusa perfecta para que, sin dudas ni complejos, exijamos que todo el peso de la ley recaiga sobre los culpables…

Pero la psicología y la psiquiatría modernas dejaron hace tiempo de manejar las cartillas escolares como manual de referencia, y abandonaron la idea de considerar la agresividad como un procedimiento auxiliar o accidental, como un instrumento al servicio de otros vectores más sutiles de modulación de litigios entre congéneres, y, por ello, plenamente prescindible o amplificable a gusto del consumidor…

Las ciencias del comportamiento nos indican que cuando surge el conflicto de intereses, los dispositivos internos al servicio de la agresividad pueden activarse sin necesidad alguna de deliberación reflexiva, y que, al responder muchas veces a automatismos de base fisiológica -no voluntaria-, la actitud agresiva puede resultar tan sorpresiva para el agresor como para el agredido.

El temple combativo de cada cual es el resultado de las interacciones entre la herencia genética, diversos elementos de la maduración neuroendocrina y factores cruciales del aprendizaje social (y cito milimétricamente al profesor Tobeña). El presupuesto jurídico y filosófico del libre albedrío, de la libertad del hombre para decidir sobre su destino, no nos debería impedir aceptar que buena parte de los comportamientos antisociales violentos vienen altamente motivados por el entorno social (el aprendido y el circundante), y que otros muchos no son sino consecuencia de averías severas de los resortes biológicos de la agresividad, cuyo tratamiento no debería corresponder a los juristas ni a los penalistas sino, más bien, a los profesionales de la psiquiatría y la neurofarmacología modernas.

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