Tarjeta roja, expulsión y… ¿cárcel?

El problema jurídico de las lesiones producidas durante el ejercicio de actividades deportivas, y el de su extraña e inexplicable gestión al margen del Derecho penal, viene de antiguo. Se cita la STS de 1 de junio de 1951 como la primera resolución de nuestro más Alto Tribunal en abordar con cierto rigor y profundidad esta problemática -resolviendo un asunto de daños (y lesiones) entre jugadores de futbol durante el transcurso de un partido-, pero, al margen de cierta jurisprudencia menor -SAP de Castellón de 22/02/2001, SAP de Santa Cruz de Tenerife de 22/03/2002, o SAP de La Rioja de 8/03/2002-, la verdad es que esa Sentencia ha quedado en nada.

¿Por qué no se abren diligencias como consecuencia de los insultos que dirigen los aficionados a los árbitros?, ¿no constituyen claros ejemplos de calumnias o injurias? ¿Puede un jugador romper impunemente la tibia, e incluso el peroné, a un contrincante, sin que nadie haga o diga nada (más allá, por supuesto, de premiar al violento con la correspondiente tarjeta roja)? ¿Están autorizados los jugadores, siempre a más revoluciones de las aconsejadas, a lanzar botellas y todo tipo de objetos contundentes sobre los árbitros menos afortunados? ¿Hay barra libre de tortas, empujones y patadas al final de los partidos? ¿Hasta dónde puede llegar un entrenador, con respecto a sus jugadores, en el ejercicio paradigmático de su autoridad?

Para dar una respuesta, aunque sea esquemática, a este misterio (y fuera de los casos de deportes “de lesión” -boxeo, kárate…- de distinta justificación), es necesario distinguir al menos dos supuestos.

a) Comportamientos lesivos producidos entre los contrincantes durante el desarrollo del juego

En estos casos, la doctrina no se muestra pacífica a la hora de justificar la ausencia de respuesta penal, y bascula sobre diversas ideas:

1. Nos encontramos ante supuestos de ausencia de imputación objetiva y, por lo tanto, de tipo objetivo penal. Pese a causarse un daño, el consentimiento de los participantes ante el riesgo evidente derivado de la actividad que desarrollan (el llamado “riesgo permitido” propio de los deportes de contacto -futbol, rugby…,-), excluye la relevancia penal de los resultados lesivos derivados de su ejercicio.

2. Ausencia de imputación subjetiva (dolo o imprudencia) por parte de los contendientes (y, por lo tanto, causación del tipo objetivo por caso fortuito), siempre que éstos -los deportistas- se muevan conforme al deber objetivo de cuidado (perfilado a través de la obediencia a las reglas del juego -incluyendo sus sanciones-).

3. Justificación de las lesiones como consecuencia del ejercicio de una profesión (para los deportistas que así la desarrollen), el ejercicio de un derecho (para los aficionados), o (para todos) el consentimiento en el riesgo (entendido ahora no como elemento imprescindible para la exclusión de la imputación objetiva, sino como causa de justificación supra-legal).

No tienen sin embargo cobertura legal los comportamientos dolosos -directos o por dolo eventual (acciones clara y altísimamente peligrosas, ajenas o al margen del desarrollo del juego)- causantes de lesión. El deporte no puede justificar las acciones dirigidas a dañar bienes jurídicos fundamentales (en este caso, la integridad física), ni restarles relevancia. Quien utilice el deporte para lesionar al que no quiere ser lesionado comete un ilícito penal perseguible de oficio, y la mayor o menor dificultad que en este tipo de comportamientos se plantee a la hora de conjeturar la intención con la que se realizan no debería ser excusa para dejar de cumplir (jueces, fiscales y fuerzas de seguridad) con sus deberes legales de denuncia y persecución.

b) Comportamientos realizados al margen del juego desarrollado, o con el juego suspendido o finalizado (ya sea de los jugadores entre sí, o de los jugadores con los árbitros -o al revés-), así como comportamientos de los espectadores sobre los jugadores y el árbitro, o de éstos sobre aquéllos.

El problema de estos supuestos en esencialmente procesal. Como sabemos, las injurias y las calumnias (graves o leves), salvo que se trate de ofensas dirigidas contra funcionarios públicos sobre hechos concernientes al ejercicio de sus cargos, sólo pueden ser perseguidas en virtud de querella de la persona ofendida por el delito o de su representante legal y, normalmente, tanto los jugadores como los árbitros insultados, prefieren que las cosas “se queden en el terreno de juego” y no se ventilen más allá.

Lo mismo puede decirse de las vejaciones injustas (escupir, menospreciar…), o de las amenazas menos graves (durante el encuentro, o a su finalización) que se dediquen jugadores, árbitros y aficionados (que tampoco constituyen infracciones perseguibles de oficio), así como de las lesiones derivadas de imprudencias leves, cualquiera que fuere su gravedad, que también necesitan denuncia del agraviado.

Fuera de estos supuestos, las tanganas -expresión clásica en el mundo del deporte- dolosas, violentas y agresivas, producidas entre los jugadores durante o al final de los partidos (incluso las que se limiten a golpes o maltratos no causantes de lesión alguna), o las agresiones de los espectadores sobre los árbitros -o sobre los propios deportistas- son absolutamente punibles y perseguibles de oficio, por lo que los agentes penales que las observen y no actúen podrían incurrir también en responsabilidad penal y cometer un tipo de omisión del deber de perseguir delitos (art. 408 CP).

¿Es imaginable un deporte así concebido, sometido a la vigilancia constante y a la advertencia permanente de la sanción penal sobre sus excesos?, ¿no perdería acaso gran parte de su naturalidad y espontaneidad y, por lo tanto, también de su atractivo? Nuestra especie acabó hace ya tiempo con las peleas de gladiadores, los holocaustos y los combates a muerte…, pero no por eso exterminó su instinto: aunque de forma aparentemente más sutil y refinada, los humanos seguimos pidiendo sangre, necesitamos gritar y desahogarnos, y, si es posible, hacerlo ocultos en el anonimato de la masa, o exculpados por la vorágine de la pelea.

Fútbol es fútbol, creo que dijo Boskov. Y algunos penalistas, por lo visto, no lo saben.

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