Rubio, con ojos azules

Hace unos meses supimos que la selección genética había permitido a una madre tener tres bebés para curar a dos hermanos gravemente enfermos de cáncer. Apasionante, sí, pero también desafiante. Y es que en lo que respecta a la selección genética, bien sea con estos fines, bien con el de escoger sexo, o incluso para perfeccionar la raza, cabe preguntarse: ¿Nos encontramos ante una aberración antinatural o, por el contrario, se trata de un regreso (lógico, armónico, normal) a las leyes de la naturaleza? El ser humano ha dejado de evolucionar como especie porque la selección natural ha llegado a su fin: los individuos inferiores en fuerza o inteligencia, o con propensión a padecer diversas enfermedades, no se mueren y se reproducen igual que el resto. En cierto modo, estamos en inferioridad de condiciones con respecto a los demás seres vivos, que sí siguen evolucionando. Desechar 20 embriones “contaminados” o inservibles para tal o cual fin, no dista mucho de desecharlos por no alcanzar determinados índices de perfección, fortaleza, resistencia a las enfermedades o longevidad. Así las cosas, es evidente que las innovaciones biológicas no se darán ya por el lentísimo proceso de mutaciones azarosas, sino que, de producirse, obedecerán a la intervención activa, dirigida e interesada del propio ser humano. ¿Ha llegado ya el momento de aceptar ese inevitable e imponderable destino en toda su extensión?

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