Perdonar a los que nos ofenden

En su momento (Ley Orgánica 7/2003, de 30 de junio) ya pareció sorprendente no sólo la irrupción del acto de “pedir perdón” en el mundo político, sino su elevación a categoría jurídica susceptible de ser considerada como acto necesario en una secuencia procesal (art. 72 LOGP), a modo de atenuante post-delictual o sobrevenida.

La progresión al tercer grado de personas condenadas por delitos de terrorismo se condicionaba desde ese momento a que éstas mostraran signos inequívocos de haber abandonado los fines y los medios terroristas y, además, hubieran colaborado activamente con las autoridades, bien para impedir la producción de otros delitos por parte de la banda armada, organización o grupo terrorista, bien para atenuar los efectos de su delito, bien para la identificación, captura y procesamiento de sus responsables, para obtener pruebas o para impedir la actuación o el desarrollo de las organizaciones o asociaciones a las que haya pertenecido o con las que haya colaborado, lo que podía acreditarse mediante una declaración expresa de repudio de sus actividades delictivas y de abandono de la violencia y una petición expresa de perdón a las víctimas de su delito.

Pero, ¿es realmente relevante que alguien que, por ejemplo, ha participado en el asesinato de varias personas, que ha utilizado explosivos como medio para provocar el terror en la población y que forma parte de una organización que se considera en guerra contra el país; es relevante, pregunto, para valorar si ha cumplido o no con la pena en su día impuesta por los tribunales de justicia, para progresar al tercer grado penitenciario o para obtener la libertad condicional, que pida perdón, que diga que se arrepiente o que prometa no hacerlo más? Y para los sospechosos de complicidad, ¿cambia verdaderamente su situación si “condenan” o no los actos en cuestión? Resulta en cierto modo comparable a cambiar la consideración del asalto a un banco si los atracadores pidieron el dinero por favor o si dieron las gracias cuando los cajeros se lo entregaron.

Sin embargo, parece haber algo que la sociedad espera que ocurra como paso previo a que la petición de perdón se produzca, o bien como consecuencia de ella. Podría ser una presunción de sinceridad en quienes se enfrentan a un momento decisivo, esperable incluso en delincuentes y asesinos, como El Cid la asumió para el rey Alfonso VI en el Juramento de Santa Gadea. O quizá se trate de despojar al enemigo de su dignidad, obligándole a renegar públicamente de sus creencias, como si se hiciese abjurar a un albigense del docetismo. Claro, que muchos albigenses estuvieron dispuestos a dejarse matar antes de hacerlo.

En todo caso, parece que las palabras matizan decisivamente las acciones hasta el extremo de condicionar su consideración social y aun penal. Siempre se puede conseguir una exculpación moral completa con la fórmula mafiosa consagrada por el cine: “No es personal, son solo negocios”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: