¿Puede usted ser un asesino?

Claro está que no mata todo el mundo. Es más, muchas personas, dada su especial constitución neurobiológica, lo van a tener muy difícil incluso para que alguna vez se presente el conflicto definitivo en el que poner de manifiesto su atávica violencia… acaso dormida, acaso controlada, hasta entonces.

Los condicionantes sociales, aprendidos o circundantes, conjugados con la carga genética particular de cada individuo, describen, a veces de manera aleatoria y en el caso de que el sujeto tenga oportunidad de comportarse así, el rechazo a la norma (a la norma que sea), la agresividad frente a la frustración, el egoísmo frente a la solidaridad, o el egocentrismo frente al respeto por la dignidad y los intereses ajenos.

Algunas oportunidades para delinquir, que pueden presentarse de manera recurrente (ilícitos moralmente asépticos -al menos de manera aparente-, cuyo sujeto pasivo es la sociedad en su conjunto -menudeo de droga, o incluso el tráfico en pequeña escala; o la conducción con exceso de velocidad-, o ciertos presupuestos formales de convivencia -desórdenes públicos, intrusismo-, o reglas de naturaleza contingente relacionadas con nuestra profesión, o con el sistema económico o social imperante -delitos urbanísticos, delito fiscal-), en las que el dilema sobre si infringir la norma o no hacerlo (coste/beneficio entre la sanción posible -pero incierta-, y el beneficio -real e inmediato- aportado por la acción) cabe incluso que se resuelva en un sentido o en otro de forma habitual (en función de los condicionantes antes descritos), no anticipan sin embargo las respuestas, ni los comportamientos, ni las actitudes que se darán respecto a otros conflictos menos frecuentes, ni suponen un especial juicio social de maldad sobre su autor (en esas circunstancias, decimos, quizá yo hubiera hecho lo mismo).

Pero, ¿qué ocurre en los caso más graves?, ¿podría yo matar, alguna vez, si se presentara la ocasión? Sobre los comportamientos que implican un daño a la vida (o a la integridad física) como alternativa posible de actuación, confluyen explícitamente muchos sistemas (morales, religiosos, jurídicos), que coadyuvan no sólo a que el individuo desarrolle un cierto autocontrol que le motive a no realizarlos, sino a que se perciba como normal actuar conforme a ellos y nos resulte absolutamente anormal contravenirlos (¿quién puede matar a un hijo?, ¿quién puede lesionar a unas pobres niñas?). Pero dicha convicción no es suficiente. Ni tampoco un entorno personal, social o profesional estables (parecía buena persona, era un buen vecino, se trataba de un trabajador modélico) anticipan necesariamente una respuesta determinada frente a ese tipo de situaciones. Presentada la oportunidad, percibido el daño como alternativa válida de resolución del inesperado conflicto, será la especial propensión individual del sujeto (sus personales características psicobiológicas y sus intransferibles experiencias), y no sólo una genérica idea de lo que está bien o lo que está mal, la que determine en última instancia qué camino escoger. Y, muchas veces, el primer sorprendido será el propio protagonista.

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