Tuiteros en Salem

Tras asistir al sorprendente encausamiento de tuiteros antisistema o anti Maccabi, a la censura contra Coca-Cola por emplear en su anuncio del Atleti a un actor cercano a Herrira (plataforma de apoyo a presos de Eta), y a la descalificación del candidato del Partido Popular a las elecciones europeas por insinuar su superioridad intelectual frente a la candidata oponente, no me pregunto sino que afirmo que el delito de opinión existe. Y no me refiero a su real y actual presencia en el Código Penal (que, afortunadamente y pese a lo que se diga, no considera punible manifestar que se desea el fallecimiento de alguien, ni que se espera su muerte, ni que se vaticina su homicidio), sino que hablo de su existencia virtual y de lo que, muy probablemente, puede venírsenos encima. En este sentido, me temo que quien cantara hoy en público la vieja copla que rezaba “dijo el sabio Salomón / que el que pega a una mujer / no tiene perdón de Dios / si no le pega otra vez” podría ser sin duda detenido de inmediato, y no sé si también yo mismo por haberla puesto aquí. Y que se esconda el que hace casi cuarenta años escribió en una pared del metro de Madrid “muera el cerdo de Carrillo”, porque podría ser acusado de amenazas, incitación al odio, o incluso -y si se entiende mal la frase- maltrato animal en grado de tentativa.

Pero, más allá de censurar los inconcebibles errores interpretativos de nuestra norma penal, no veamos en quienes pretenden limitar la libertad de opinión a malvados inquisidores ansiosos de quemar sobre una pira de libros prohibidos a los que no piensen como ellos, ni a perturbados visionarios prestos a iniciar una moderna caza de brujas de Salem. Por el contrario, se trata de personas bienintencionadas que buscan sinceramente lo mejor para la humanidad. Su gran argumento es legítimo y sensato: “No hemos de permitir que los enemigos de los principios que rigen nuestra próspera sociedad utilicen su régimen de libertades precisamente para destruirla”. La difusión de ideas perniciosas, el proselitismo del lado oscuro y la apología del mal han de ser severamente reprimidos. “Tolerancia cero” es el antigrito que identifica a los guardianes de nuestro modelo social.

Ante este patriótico cierre de filas frente al enemigo cabe hacerse, sin embargo, tres preguntas. La primera, puramente filosófica, es si tiene sentido proteger un sistema basado en la libertad individual, de la que forma parte esencial la libertad de expresión, suprimiendo o limitando tal libertad. Algo así como impedir que se pise el césped sustituyéndolo por albero. La segunda, que requiere acudir a la historia, es si cuando los regímenes democráticos han caído lo han hecho a causa de la fortaleza de sus enemigos, o más bien como consecuencia de la debilidad ocasionada por su propia degeneración. Y la tercera, más práctica, es si no constituye la libertad de expresión, más que un peligro, un antídoto contra una potencial deriva totalitaria del sistema. Porque, una vez afinados los mecanismos de defensa frente a los que atentan contra la moral y la verdad oficiales, una vez establecido que la libertad de expresión solo ampara a quienes no mientan, no ofendan y no escandalicen, ¿qué haremos si algún día la autoridad se vuelve corrupta, si se equivoca o si no nos gustan los valores que pretenda implantar desde su monopolio de la educación?

Responder a estas preguntas no es sencillo, pero yo me arriesgo a hacerlo. Y mi conclusión particular es que insultar está feo, promover valores contrarios a la igualdad y a la convivencia es muy pernicioso, pero limitar la libertad de expresión atenta contra la esencia misma del modelo social que tanto apreciamos y tan noblemente queremos defender.

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