corruptos

Estamos acostumbrados a entender por corrupción solo la de los gestores y administradores, cuando se apoderan o utilizan indecentemente las cosas públicas en provecho propio o de un tercero, pero, con ser eso gramaticalmente cierto, se me antoja una acepción excesivamente modesta. Cualquiera de los abusos con los que el hombre pervierte la esencia de las cosas, de las instituciones, de las relaciones, de los contratos, de las promesas, de las expectativas, de las creencias y de los negocios es también corrupción.

Vender algo muy por encima de su valor real, contratar a un empleado pagándole menos de lo que merece, lucrarse negociando con bienes de primera necesidad, especular, realizar denuncias falsas, prestar usurariamente, escaquearse, hacer publicidad engañosa, mentir al comprador ingenuo -o al vendedor bienintencionado-, es también corrupción. Incluso las falsas apariencias. O los malabarismos jurídicos que degeneran el fundamento de las obligaciones o de los deberes. O la caridad del opulento o la displicente comprensión del acomodado; eso también es corrupción. Porque el que así actúa, tergiversa el sentido de la solidaridad, y el que se comporta de ese modo convierte la idea de ponerse en el lugar del otro en algo maloliente e hipócrita.

El Código penal es rácano con el uso del término, deviene aún más restrictivo, y obvia utilizarlo cuando se refiere a prevaricadores, administradores desleales, malversadores, traficantes de influencias o defraudadores. El que practica un cohecho no es llamado corruptor ni corrompido. Y lo mismo ocurre con el que deja de pagar impuestos, blanquea capital, obtiene subvenciones ilegales o contamina un río vertiendo alquitrán para ahorrarse los costes de su destrucción. Stricto sensu, corruptos, penalmente hablando, sólo son los que ofrecen beneficios o ventajas a los gestores o empleados de cualquier empresa para ser favorecidos frente a sus competidores -y viceversa- (art. 286 bis CP); los que practican cualquier clase de cohecho (propio o impropio, activo o pasivo) con funcionarios públicos extranjeros o de instituciones extranjeras (“corrupción en las transacciones comerciales internacionales”, art. 445 CP); y los que -en otro orden de cosas- promueven o favorecen la prostitución de menores o incapaces, o su utilización en actividades pornográficas o su participación en actos sexuales que perjudican la evolución o el desarrollo de su personalidad (arts. 187 y 189 CP).

En el proyecto de reforma del Código penal poco se cambia, si bien se crea, dentro del capítulo XI del título XIII del libro II, una nueva sección referida a los “Delitos de corrupción en los negocios”, en el que se incluyen los delitos de pago de sobornos para obtener ventajas competitivas, ya se trate de corrupción en el sector privado nacional o en la realización de actividades económicas internacionales en las que intervengan funcionarios públicos.

Y vuelta al principio. Si corromper algo es pervertir su esencia, no dejemos de llamar a las cosas por su nombre, ya se realicen en el ámbito público o en el privado. Habrá una diferencia respecto de la cosa que se corrompe, pero no en los valores (o en la ausencia de los mismos) que la sustentan, motivan o condicionan. En ese sentido, son las circunstancias las que tipifican el hecho, no la personalidad más o menos abyecta del autor.

Y aunque, lógicamente, debamos atenernos al principio de legalidad y solo podamos castigar los comportamientos recogidos como prohibidos y dañosos en las leyes, no practiquemos la hipocresía ni el fariseísmo, y seamos capaces de hacer sana autocrítica antes de realizar esos juicios de valor a los que estamos últimamente tan acostumbrados.

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