Arrepentíos

“(…) En todo caso, todos los querellados, no es que hayan asumido la intervención derivada de la aplicación del artículo 155 de la CE, sino que han manifestado que, o bien renuncian a la actividad política futura o, los que desean seguir ejerciéndola, lo harán renunciando a cualquier actuación fuera del marco constitucional”.

Lo que acaban de leer, que es parte del auto dictado hace unos días por el Magistrado Pablo Llarena, imponiendo diversas medidas cautelares a los investigados de la Mesa del Parlament por delito de rebelión, recoge algo aparentemente inocuo pero que, estudiado pausada y críticamente, llama poderosamente la atención: la promesa de no volver a delinquir como elemento trascendente en el devenir de un iter procesal.

En su momento (Ley Orgánica 7/2003, de 30 de junio, de medidas de reforma para el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas) ya pareció sorprendente no sólo la irrupción del acto de “pedir perdón” en el mundo político, sino (más allá de su lógica trascendencia en los delitos perseguibles a instancia de parte) su elevación a categoría jurídica susceptible de ser considerada como acto necesario en una secuencia procesal (art. 72 LOGP), a modo de atenuante post-delictual o sobrevenida.

El actual artículo 90 del Código penal (y, de la misma forma, el art. 92) recoge que la suspensión de la ejecución (del resto) de la pena impuesta y concesión de la libertad condicional para los delincuentes condenados por terrorismo “requiere que el penado muestre signos inequívocos de haber abandonado los fines y los medios de la actividad terrorista y haya colaborado activamente con las autoridades, bien para impedir la producción de otros delitos por parte de la organización o grupo terrorista, bien para atenuar los efectos de su delito, bien para la identificación, captura y procesamiento de responsables de delitos terroristas, para obtener pruebas o para impedir la actuación o el desarrollo de las organizaciones o asociaciones a las que haya pertenecido o con las que haya colaborado, lo que podrá acreditarse mediante una declaración expresa de repudio de sus actividades delictivas y de abandono de la violencia y una petición expresa de perdón a las víctimas de su delito”.

Y así planteada la cuestión, la reflexión que cabe hacerse entonces es: ¿Debe ser realmente relevante (en términos jurídico penales, no en términos morales ni, si me apuran, criminológicos) que alguien que ha participado (presuntamente o de acuerdo con un fallo judicial) en un delito, pueda obtener la libertad provisional (si su estado es el de preso), o el paso al tercer grado o a la libertad condicional (si se trata de condenados) por pedir perdón, por decir que se arrepiente o por prometer que no va a hacerlo más? Y para los sospechosos de complicidad, ¿cambia verdaderamente su situación si “condenan” o no los actos en cuestión? Resulta en cierto modo comparable a cambiar la consideración del asalto a un banco si los atracadores pidieron el dinero por favor, o si dieron las gracias cuando los cajeros se lo entregaron… o si, una vez detenidos, aseguraron (juraron o prometieron) que sería la última vez que tratarían de conseguir dinero de una manera tan poco ortodoxa

Sin embargo, parece haber algo que la sociedad espera que ocurra como paso previo a que la petición de perdón se produzca, o bien como consecuencia de ella. Podría ser una presunción de sinceridad en quienes se enfrentan a un momento decisivo, esperable incluso en delincuentes convictos, como El Cid la asumió para el rey Alfonso VI en el Juramento de Santa Gadea. O quizá se trate de despojar al enemigo de su dignidad, obligándole a renegar públicamente de sus creencias, como si se hiciese abjurar a un albigense del docetismo. Claro, que muchos albigenses estuvieron dispuestos a dejarse matar antes de hacerlo…

En todo caso, parece que las palabras matizan decisivamente las acciones hasta el extremo de condicionar su consideración social y aun penal. Y, en última instancia, siempre se podrá conseguir una exculpación moral completa con la fórmula mafiosa consagrada por el cine: “No es personal, son solo negocios”.

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