¿Es la prisión permanente revisable una gran equivocación?

(Ensayo académico, provocador y sofista para mis alumnos de derecho penitenciario)

Existe la tendencia entre los idealistas de atribuir a los grupos y a las organizaciones los vicios más abyectos, al tiempo que se les exige actuar desde la virtud más estricta. A las empresas, a la iglesia y, por supuesto, a las sociedades, se las supone dotadas de una conciencia propia e inclinada hacia el mal, y se las convierte en culpables de las desgracias de los hombres. La sociedad es responsable de las faltas de sus miembros más débiles, a los que corrompe, explota y abandona después a su suerte. Y aunque resulta quizá injusto atribuir a la sociedad tanta perversión -y no haya en ningún lugar oculto un gran hermano al mando de sus diabólicos designios-, hemos de aceptar que se trata de un ente imperfecto, que admite e incluso fomenta la injusticia y la doble moral en su seno, que permite que algunos de sus miembros se beneficien indebidamente de otros y que, en muchas ocasiones, contribuye a la degeneración de quienes la integran. La sociedad es, en alguna medida, responsable. Como culpable son los seres humanos individuales de sus pecados, llamando pecados a los perjuicios más o menos graves que injustamente causamos a los que nos rodean.

Esta imperfección en las personas y en las sociedades no anula, sin embargo, su derecho a existir, a progresar y a defenderse. Quien comente una falta, penal o no, conserva su dignidad, sus propiedades y su libertad. De igual forma, la sociedad que indirectamente promueve el delito -por ejemplo, a través de la injusticia y la desigualdad- tiene derecho a perseguirlo. Para seguir existiendo, para seguir progresando. Ese derecho se ejerce, a su vez, con imperfecciones, a veces enormes. No siempre la ley es equilibrada en la imposición de las penas. ¿Merece el violador diez o veinte años de cárcel? No siempre los jueces valoran ecuánimemente la existencia de los fundamentos que abalan la imposición de la prisión provisional. ¿Están demasiado sometidos a la presión política y social? Y, lo que es más grave, no siempre -rara vez más bien- la prisión rehabilita al delincuente, pese a ser uno de sus objetivos primordiales. ¿Está quien ha cumplido condena mejor capacitado para incorporarse a la vida en libertad? En general y por desgracia, más que facilitarla, la prisión dificulta la reinserción del reo, y puede decirse que la razón por la que gran parte de los penados no vuelve a delinquir es por el temor a reingresar en prisión, no como consecuencia de los efectos beneficiosos de la reeducación.

Pero lidiar con esta imperfección no significa ignorarla (no vamos a abolir las leyes, los tribunales y las cárceles por no ser perfectas), sino que significa tratar de evitarla y asumir sus consecuencias mientras ello se consigue. Que la rehabilitación del condenado resulta casi una utopía inalcanzable es un hecho cierto y comúnmente aceptado por los especialistas (hasta los sistemas penitenciarios más avanzados tienen escaso éxito en materia de resocialización). Un hecho que no nos gusta pero con el que tenemos que convivir. Desde esta perspectiva, podemos preguntarnos por qué nos consideramos plenamente autorizados a establecer si la pena para un delito ha de ser de cinco, diez o veinte años, pero nos parece inaceptable aplicarla “hasta que se haya conseguido una mínima rehabilitación”. El fracaso en la reeducación de parte de los delincuentes puede sobrellevarse asumiendo el riesgo de reincidencia en determinados delitos, igual que esperamos que quien ha sido multado por exceso de velocidad sea más prudente en el futuro y corremos el riesgo de que no sea así al no privarlo de su permiso de conducir para siempre. Pero puede haber riesgos tan elevados y tan graves que no estemos dispuestos a admitirlos, sea de quien sea la responsabilidad del fracaso en la rehabilitación. No renunciamos, como sociedad, a conseguirla. No aplicamos la pena de muerte, porque no creemos en ella, porque no aceptamos el linchamiento y porque rechazamos la justicia emocional y retributiva del ojo por ojo. Y por esos motivos tampoco recurrimos a la cadena perpetua y a sus (supuestos y más que discutibles) beneficios preventivo-generales. Pero, en cuanto a aquellos riesgos más graves y respecto de los reos más peligros, el final de la intervención punitiva del Estado, el fin del “tratamiento penal”, no tiene porqué consistir en una fecha perentoria que se establece asépticamente el día del juicio y que resulta ajena a la verdadera personalidad del condenado, sino que puede depender de como funcione ese “tratamiento”.

Este razonamiento podría sonar a retroceso social o a renuncia a los objetivos rehabilitadores de la pena, pero no es así. Realmente no supone un cambio conceptual. En los modernos sistemas penales, se juzgan hechos y se encarcela a personas. Eso quiere decir que el hecho lleva asociada una pena igual para todos los individuos, la cual, en líneas generales, no depende de sus circunstancias personales. Sin embargo, el cumplimiento de esa pena sí se adapta a la persona: la prisión en la que ingresa; las precauciones con las que se sigue su internamiento; la posibilidad de progresión en grado; la obtención de beneficios (adelantamiento de la libertad condicional, disfrute de permisos, etc.)…, sí dependen del recluso en particular y de su evolución. No parecería, por lo tanto, algo muy diferente evaluar su rehabilitación efectiva a la hora de decidir cuándo termina la ejecución efectiva de la pena… siempre que ese término y esa evaluación favorable no se vean sometidos a requisitos temporales excesivamente largos, y siempre que recojan, además y necesariamente, la posibilidad real de un horizonte de libertad para el condenado.

Podríamos pensar que igual que la sociedad encarcela a los delincuentes que, por su imperfección, genera, también tendría derecho a mantener bajo su control y dependencia a los delincuentes que, por su imperfección, no consigue rehabilitar. Al menos, a los que más daño pueden hacerle y durante el tiempo necesario para conseguirlo. Aspirar al ideal ennoblece al ser humano, pero ignorar la realidad no es la mejor forma de acercarse a él.

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